| Arquitectura |
Torres pensantes
x Alfonso Corona
Martínez
¿Habrá terminado la era del expresionismo
de las máquinas?
... la tecnología, al final del siglo XX ha pasado a ser una
forma de normalidad.
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Hasta no hace mucho tiempo, la ciudad de Buenos Aires terminaba "oficialmente" en la avenida Paseo Colón-Leandro Alem, conocida muy significativamente como "el Bajo". Alguna vez estuvo allí la playa del Río. Dos cuadras más abajo empezaba el Puerto, y esas dos cuadras se ocuparon con depósitos, edificios variados, instituciones como el Correo Central, y las desoladas plazas que están por debajo de la Plaza de Mayo.
Desde hace un par de años, el viejo puerto se ha convertido en un área de atracción: Puerto Madero con sus depósitos rehabilitados para oficinas y restaurantes de lujo pretende cambiar repulsa por atracción; al menos, ha desplazado el borde, y esas dos cuadras han cambiado de signo.
Son ahora el centro de una actividad constructiva que, precedida por el "campus de rascacielos" de las Catalinas Norte, agrega en sus manzanas nuevos y espectaculares edificios. Junto al edificio del diario La Nación se levantan ya nuevas construcciones, una de nuestro internacional Cesar Pelli, y los del estudio SEPRA-Peralta Ramos, que son motivo de esta nota.
Junto a la avenida del Bajo preexistía una plaza, bien arbolada y con su estatua, para el caso la de Garibaldi, héroe muy internacional.
El edificio de La Nación limitaba la plaza sólo hacia el Puerto Madero. Ahora, a su lado se levanta la torre Bouchard. Una cuadra más al norte, el mismo estudio ha completado una estructura para la empresa Loma Negra, una de las mayores del país.
La torre que menciono está, por lo tanto, ante la plaza; pero en realidad está en todas partes. Treinta pisos de altura no es habitual en el centro de Buenos Aires, y el cuerpo vidriado con remate piramidal es visible desde muchas partes: es ahora el fondo, casi inmaterial, del Correo; es una presencia distante en todas las prolongadas perspectivas de ese eje norte-sur, ahora tan congestionado de tránsito por los nuevos "emprendimientos": lo que fue borde ahora es articulación de dos áreas, cambio de escala, y el edificio en cuestión es el que mejor expresa en la distancia la existencia de estas nuevas áreas de desarrollo.Todo lo cual es imperceptible desde la plaza. Un cuerpo verde con ochavas considerables es apenas un agregado a la plaza y a las calles que la limitan. Las ochavas y el facetado de los pisos bajos, que hacen del cuadrado una especie de cruciforme complejo, reducen la masa y aparecen como gestos, no muy explícitos, de ensamble con el entorno. En todo caso, siendo la torre bisimétrica, con igual apariencia -identidad- por los cuatro lados, el ingreso principal esta frente a la plaza, a la que concede una importancia que nunca tuvo. La plaza misma era un borde, ahora ha devenido un centro. La calle que la limita, paralela al Bajo, nunca tuvo importancia: ahora reparamos en que sobre ella están el ingreso al viejo estadio cubierto, la torre que describimos, "La Nación", el nuevo edificio de Pelli, la lujosa Torre Fortabat. Un cambio de signo para la postergada calle Bouchard, como si la ciudad avanzara prudentemente hacia el reconquistado puerto, pero sin perder su continuidad de tejido. Es una torre desde lejos, un hito, pero como los viejos rascacielos, no destruye todo a su paso; por el contrario, refuerza la ciudad continua.
Este juego lejos-cerca define, a mi parecer, el éxito de estos diseños. Desde lejos, el rol de hito urbano se cumple: como un obelisco, la Torre Bouchard presenta caras iguales y un remate piramidal igualmente transparente. Sobre sus caras, cuatro columnas blancas en cada una de ellas parecen sostener un arquitrabe por lado, uno que ocupa la parte central de la cara. O, quizá, cada uno sostiene la pirámide superior. Este rasgo intriga a cualquier observador: el prisma transparente parece obvio, pero a la vez necesario: ¿qué hacen esos pórticos allí, figuras sobre el fondo verdoso? La torre tiene una estructura, el núcleo central que contiene, como es habitual, servicios y circulaciones. Están los grupos de cuatro columnas, pero no hay columnas en las esquinas, que son transparentes. El obelisco es tal en sus pisos superiores, pero a media altura se ochava y así llega a tierra. En la proximidad, esas ochavas se agrandan, el cuadrado es decididamente un octógono, y las líneas verticales se agrandan también, como columnas que proporcionan un ritmo a la calle, uno compatible con los que presentan los edificios del entorno.
Hay por lo tanto "varias torres Bouchard": la de la plaza, la de lejos, y cuando entremos en ella descubriremos otros juegos de superficies. Desde el exterior, es un edificio de cristal, con una tecnología de avanzada para nuestro medio, paños construidos en taller y armados en la obra. Desde el interior de las oficinas, hay una banda de aventanamiento y una base opaca: casi, el interior "medio" de oficinas, si no fuera por la ausencia total de apoyos interiores y la conciencia de estar entre un piso que no es la losa -un piso flotante que deja pasar los cableados por donde fuera- y un cielorraso que contiene conductos. Un segundo edificio en cada planta, envasado dentro del que vemos en la lejanía, sin otro contacto que el tramo de ventanas transparentes. Un mundo artificial unido con el entorno solamente por las vistas. Donde estamos, lo define la orientación, lo que no esta aquí mismo. Lo que vemos por las ventanas.
Se nos ha dicho que se trata de "edificios inteligentes", que coordinan sus diferentes servicios de modo de minimizar consumos y lograr eficiencia, entre otras la energética. No me extenderé sobre este punto, que esta técnicamente descripto en otro lugar de este articulo; solamente sobre lo que podríamos llamar sus consecuencias.Es oportuno recordar que el sueño de los edificios totalmente de cristal acompaña, o quizá debiera decir caracteriza al Movimiento Moderno. Desoyendo la interesante observación de Viollet-le-Duc, quien señalo hacia 1860 que podían hacerse edificios totalmente de hierro y cristal, pero que convenía hacerlos en parte de mampostería por razones de confort, la primera arquitectura moderna se lanzó a hacer edificios tan esqueléticos y transparentes como le fue posible, sin disponer de medios de climatización realmente adecuados. Circulando dentro de la Torre Bouchard y viendo equipos que por su propia inteligencia mezclan aire de afuera y de adentro, lo circulan, regulan su temperatura usando el calor que otros sistemas producen -incluido el sistema humano- vienen a mi recuerdo los fallidos intentos de Le Corbusier para proveer de "l'air exacte" al Ejército de Salvación, y otras anécdotas similares. Y bien, ya podemos hacer edificios transparentes: tenemos la tecnología. Y esa arquitectura moderna fallida tecnologicamente impuso la imagen acristalada, de modo que las oficinas "son de por sí" de vidrio. Un punto para disipar la idea de que la arquitectura sigue a la técnica, ya suficientemente descreditada.
Estamos dentro del remate, de la pirámide. Descarto la posibilidad frívola de sugerir que se trata de la misma del Louvre, que ha volado desde París (una vez más, hacia Buenos Aires, como muchas cosas a principios de siglo) y aterrizó sobre nuestro prisma. Es un ambiente demasiado práctico, una sala de máquinas, como para invitar a semejante asociación. Parece mas lógico interpretar que el volumen tenía una superficie transparente, remate incluido; y que todo lo demás "se le agrega".Otro ideal del movimiento moderno era que los edificios fueran "como máquinas": pues bien, estos edificios son máquinas. No las máquinas de fantasía de la primera arquitectura moderna, máquinas expresionistas, imitadoras de otras máquinas, en el Futurismo, en el Constructivismo o en Le Corbusier. Esta son máquinas que funcionan para envolver espacio habitable, si se quiere espacio convencional. ¿Habrá terminado la era del expresionismo de las máquinas? En estas obras hay tecnología para maravillarse, pero la tecnología, al final del siglo XX, ha pasado a ser una forma de normalidad.
En este sentido, los edificios de los que hablo son "post-modernos": no por la fácil asociación de la Torre Bouchard con el Obelisco -un obelisco transparente-, ciertamente menos Obelisco que el seudo-Chrysler transparente que hay en Filadelfia, un Chryler Building imitado en cristal. Tampoco es particularmente "post-modern" el revestimiento de piedra del edificio Fortabat, prolijamente enrasado con los demás materiales de esa misma fachada, ni la simetría de esa fachada: apenas las esquinas, que sugieren una versión gigante de los refuerzos de piedra de Philibert de l'Orme, pudieran despertar resentimiento en los puristas de la Modernidad.
Los edificios de oficinas actuales, tan completamente climatizados, comunicados y autorreactivos que son, tientan a imaginar que su autosuficiencia tenga como consecuencia un aislamiento simbólico respecto del medio en que se implantan; así como en su interior no es ni verano ni invierno, suelen mostrarse como ajenos al entorno, no estar "en ninguna parte". Creo haber descripto más arriba el aporte situacional de estas obras, el modo en que revitalizan y dan nuevo significado a esta franja, antes postergada, del Centro de Buenos Aires. A mi entender, en este rol urbano se encuentra uno de los mayores méritos de estas obras.El arquitecto Alfonso Corona Martínez es docente en la Universidad de Belgrano y es autor del libro "Ensayo sobre el Proyecto".
Esta nota se publicó por primerta vez en el número 62 de la revista brasilera AU.