Arquitectura

Oficinas en enclave:
la identidad en la piel
(a propósito del muro cortina)
x Fernando Diez

El programa del gran edificio de oficinas emerge paradigmáticamente en New York y Chicago como un concentrador tal de actividades, que por sí mismo puede constituir una localización, erigirse en un centro de gravitación urbana. Sin duda a ese tipo pertenece el Rockefeller Center que en 1940 constituye por sí mismo al midtown de Manhattan en un promisorio enclave de oficinas.
Aunque por su programa pocos puedan compararse al Rockefeller Center, el tema del gran edificio de oficinas es capaz de transformar una zona. .
De manera que los inversores que piensan en estos términos pueden, ya no buscar una localización que sea de oficinas, sino crearla.
Este tipo de edificio no está caracterizado solamente por su tamaño, sino también por su valor significactivo, por su capacidad para generar una imagen y un valor plástico y simbólico, que como un faro, anuncie la nueva localización.

Aunque no todos por las mismas razones, no sería arriesgado afirmar que en esa categoría se inscriben los tres edificios que presentamos aquí.
En primer lugar porque el equipamiento de estos edificios es de una sofisticación tecnológica tal, que los coloca en una categoría distinta a la de cualquiera de los edificios de oficinas convencionales. En segundo lugar porque los materiales y superficies elegidas para el tratamiento de los interiores, halles, ascensores y demás lugares comunes es en los tres casos una riqueza deslumbrante, de una calidad que transmite al visitante la impresión fehaciente de una magnificencia que está allí para establecer una categoría distintiva.
La tercera razón es más bien geográfica. El Panamericana Plaza, porque por su ubicación en una encrucijada de autopistas, alejado de los centros bancarios y de oficinas, obviamente busca crear por sí mismo un enclave. En el caso del Intercontinental, porque el edificio se ubica al sur del centro, en Montserrat, un barrio que había dejado de ser preferencial para las ubicaciones de oficinas; pero además porque el edificio forma parte de un complejo: será acompañado por un edificio gemelo que se construirá posteriormente y por el Hotel Intercontinental, ya en funcionamiento, creando un emplazamiento con gravitación propia.
El República en cambio, forma parte de un enclave ya emergente, que con los galpones reciclados de Puerto Madero y las Torres Bouchard y Fortabat, han convertido a la Av. Madero, que antes fuera borde y frontera, en el nuevo epicentro de las oficinas de alto status.

Planta libre o planta central
La geometría de la planta para la torre de oficinas obedece a dos patrones contrapuestos. En la torre Intercontinental Plaza se sigue el tradicional esquema moderno, que señala el Seagram Building (van der Rohe y Johnson) con las circulaciones verticales y los servicios agrupados a un lado del edificio, lo que permite disponer de una gran "planta libre". En el Edificio República, como en el Panamericana Plaza, servicios y circulaciones ocupan el corazón de la planta permitiendo en cambio, que el perímetro completo posea ventanas aprovechables. Esta segunda disposición, que reintrodujo Philip Johnson en el edificio AT&T (New York, 1984) aporta la ventaja de que no exiten superficies de trabajo extremadamenete alejadas de la luz natural.
La planta con el centro ocupado produce una distribución con espacios más diferenciados, algo especialmente valorado por oficinas que estan ocupadas básicamente por directivos, gerentes y su personal de apoyo.
Quizá la planta libre va perdiendo lugar en las preferencias, pues además de prevalecer una nueva valoración de la luz natural y de los temas relacionados a la salud, en la planta libre el contacto visual con el exterior queda mayormente cegado por los despachos principales. El control visual y la vinculación auditiva que permite la gran planta unificada ya no es tan importante para un estilo de trabajo que se apoya más en la creatividad y la iniciativa pues la vigilancia ha dejado de tener la importancia que le adjudicó la planta libre.

Revestimientos intercambiables
Tengo una pesadilla que ya he vivido antes. Probablemente todo arquitecto la vivió alguna vez: he proyectado una casa y acompaño a mi cliente a un gran negocio para que vea los materiales que he seleccionado para dar forma concreta a la arquitectura de la casa. El cliente observa los muestrarios con benevolencia, mostrando su buena disposición para aceptar mis propuestas. Pero de pronto dice: porqué no este otro azulejo?, y qué lindo aquel piso de colores esfumados !!!.

Desespero, y con mi propio cuerpo intento ocultar otras tentaciones, pero ya es tarde, mi cliente ha caido bajo el hechizo de kilómetros de exhibidores.
Se entusiasma descubriendo propuestas completas con baños y cocinas armados en complejas combinaciones.
Prefiere uno e instantáneamente descubre otro que le gusta más.
Ninguno termina de satisfacerlo, y comienza a imaginar híbridos de estos lugares de fantasía (a los que siempre le faltan dos paredes) tarea en la que encima exige mi complicidad.
Trato de resistirme pero es inútil. No se trata de que su crueldad sea infinita. No, ni siquiera repara en mi tragedia personal y mi lacónica resistencia. Le parece natural elegir los "revestimientos" de su futura casa. Su premisa inconsciente es que la arquitectura y la belleza son la función de una sumatoria, mientras que para mí es el resultado de una combinación. Para mí lo sustancial es la combinación y lo secundario los elementos, para él los elementos son lo primordial, la promesa tangible de la belleza que intenta trasplantar a su hogar.

Es inútil toda apelación al espacio, la forma, la luz... mi cliente ya esta ebrio de elecciones: quiere tenerlo todo. Por mi parte, siento que "todo" está perdido.

A medida que más partes del gran edificio de oficinas comienzan a formar parte de sistemas preensamblados en fábrica, estas partes también se incorporan a un sistema de catálogos con un repertorio de diseños y colores que los fabricantes ponen a disposición de los arquitectos.
Esta situación que es tan corriente para los revestimientos de interiores, cielorrasos, paneles divisorios y pisos, se traslada crecientemente al exterior del edificio.
El concepto de una estructura independiente de la fachada, implica también la posibilidad de un curtain-wall intercambiable. La piel del edificio se convierte en un revestimiento, en algo que podría cambiarse varias veces, como quien se prueba un vestido, al menos mientras el edificio se encuentra en el proceso de proyecto o incluso construcción.

Estos "sistemas" constructivos involucran tecnologías sofisticadas y de alto costo, de manera que la estandarización de las soluciones es una consecuencia lógica de la búsqueda de costos razonables. La globalización aumenta la disponibilidad de sistemas constructivos al punto en que es posible optar entre una serie de "soluciones", cuya sumatoria produce la forma y apariencia final del edificio.
La arquitectura puede llegar a reducirse así, a la aplicación de revestimientos sobre prismas cuya geometría está controlada por la modulación de sistemas estructurales, también prediseñados o prefabricados en las letras de los catálogos de los proveedores. Del lado interno: cielorrasos, paneles divisorios, pisos. Del externo: techos modulares, bóvedas vidriadas, muros cortina, vidrio o paneles de aluminio. Todos, "revestimientos".

La identidad en la piel
De esta manera, muros-cortina aplicados a edificios de geometrías simples que la economía de sus espacios interiores aproxima a prismas rectangulares, inevitablemente tienden a producir edificios cuyas variaciones son apenas cromáticas.
En estas condiciones, la caracterización del edificio es un tema crítico. Cómo generar una identidad formal para el edificio, que no se pierda entre las mil fisonomías de los ya existentes. Un edificio exento de planta rectangular que no forme parte de un espacio y una composición urbanas, depende así, casi exclusivamente de la elección del revestimiento-fachada.
Limitado por la economía de la planta rectangular y la correlación de significados curtain-wall = oficinas, el proyectista depende más que en ningún otro programa de las decisiones sobre los revestimientos exteriores.
Estos son los conflictos que explícitamente señala el estudio Lier y Tonconogy: "...el cliente ... además de requerir un edificio ejemplar desde el punto de vista tecnológico, quería que se resolviera en una planta inobjetable para el mercado inmobiliario más amplio posible (lo cual pareciera llevar a una planta de una geometría tradicional y por lo tanto a un edificio de aspecto conservador), y por otra parte, dada su especial situación geográfica, debería ser un edificio de aspecto emblemático".

Surge allí una convergencia entre la situación de enclave y la del edificio que debe postularse como excepcional, erigirse en un hito con una identidad inconfundible. Encontrar una fórmula que nos aleje de la percepción del prisma rectangular que produciría la simple acumulación de la planta tipo.
El edificio Panamericano recurre a una doble figura, como dos edificios encastrados. El República a una curva singular, tanto como al diseño de una piel a medida, un lujo que sólo grandes estudios, como el de César Pelli, pueden darse (durante la Bienal él mismo mostró las pruebas hidráulicas que el proveedor realizó en Miami sobre un prototipo 1:1 realizado sobre los diseños del estudio). El Intercontinental descansa más en una relación de contraste con el entorno y en una piel lisa, sin perfiles estructurales a la vista pero dibujando franjas horizontales que diferencian el metal del vidrio y dan escala al edificio.
Las maquetas originales del poryecto del Intercontinental no tenían un curtain-wall ininterrumpido, sino la solución que Mario Roberto Alvarez y Asoc. ha ensayado en varios edificios, como el de la Plaza San Martín, en el que largos balcones corridos funcionan como aleros y parasoles, permitiendo un mayor control climático y que la limpieza de las ventanas no sea una tarea absurdamente riesgosa y compleja (el suspenderse en el aire a 50 o 60 metros de altura, inexplicablemente ha llegado a considerarse una solución normal para la limpieza de ventanas cuyos vidrios son fijos).

En los tres casos la elección o el diseño del muro cortina, algo que inevitablemente debe hacerse junto con los proveedores, constituye algo fundamental en la imagen de los edificios.

Piel retórica
En la noción popular, el concepto de curtain wall es sinónimo de funcionalidad, de una estructura liviana con los mínimos elementos para sostener el vidrio o los paneles metálicos. La percepción de que "la forma sigue a la función" logró sobrevivir por largo tiempo, pero no se trata sólo de que el dicho sea de un reduccionismo extremo, en cuanto formas diversas pueden servir igualmente a la misma función, sino que el mito mismo ha perdido su prestigio.
En las fachadas cortina del República, sus perfiles externos (tubulares de un lado, planos del otro) suspendidos por fuera del plano de cerramiento, tienen un propósito marcadamente ornamental. Idéntica función cumplen los perfiles externos del Panamericana, que vienen a ocupar el lugar de las pilastras y cornisas renacentisatas. Pues no sólo son ornamentales, sino que además representan a los elementos estructurales que hubieran ocupado esa misma posición. Como en el Palacio de la Cancillería atribuído a Bramante (Roma, 1490) donde pilastras y cornisas están talladas en el revestimiento de piedra, con un relieve de apenas centímetros que es casi un dibujo sobre el muro portante.
Para la visión "menos es más" la estética es una consecuencia exclusiva de la funcionalidad y la economía de recursos. Sin embargo la realidad es que la noción de abstracción, la de un reduccionismo formal a ultranza, ha predominado aún sobre la funcionalidad y la racionalidad constructiva, y como menciona Carlos Ramos del estudio MAR y Asoc. el "sueño del arquitecto" es hoy una fachada sólo de superficies lisas, sin elementos estructurales visibles.
Pero en la medida en que el curtain-wall se alisa disimulando las uniones de sus piezas, el edificio pierde su escala, se desvanece la noción de una construcción más compleja que la del objeto.
Quizá el extremo de esta tendencia sea el revestimiento que sólo deja el vidrio a la vista, el que se encuentra pegado sobre la estructura de soporte que a la vez oculta, ("una solución derivada del diseño de las lunetas traseras de los automóviles... mediante este recurso se puede hacer que una superficie parezca totalmente de vidrio, aunque oculte el cincuenta porciento de hormigón y aluminio... este es el aspecto que me molesta: se quiere aparentar algo que no es... parecen edificios de papel celofán", reflexiona Raúl Lier).
Este tipo de revestiminento produce una superficie uniforme que equipara el edificio a un objeto, pues aliena la noción de escala propia de la construcción, que está dada por el hecho de que los edificios, por su propia magnitud y por la natural dilatación de los materiales, necesariamente están constituidos por partes ensambladas y separadas por juntas, sean ladrillos o paneles preensamblados.
Tranformar al edificio en objeto es banalizar la esencia misma del concepto de construcción (ensamble, agregación). Desaparecida la construcción, también desaparece la arquitectura, y demás está decirlo, puede desaparecer también, el arquitecto.

Revista Nº: 23