| Diseño de Interiores |
Deportes,
mitología y movimiento continuo
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Marcelo Rizzo
Transitando el camino de la abstracción, el World Sports Café propone una alternativa a los peligros de la aún incipiente "arquitectura temática".
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Las grandes metrópolis -cada vez más cosmopolitas- son hoy el ámbito de cohabitación de los grupos humanos más disímiles, y en consecuencia deben ofrecer lugares de encuentro adecuados a las características de cada uno de ellos.
Quizá un paradigma de esta diversidad, los núcleos urbanos norteamericanos cuentan con gran cantidad de bares y restaurantes cuya estética se construye sobre la base de un claro repertorio de íconos, derivado de la subcultura de cada uno de los grupos (a veces llamados tribus) presentes en ellos.
De este modo, y con el apoyo de fuertes estrategias de marketing, los espacios de encuentro son concebidos desde su origen como un albergue ideal para un segmento de público determinado en forma precisa, y su éxito dependerá en gran medida de la fidelidad con que sus formas reflejen un determinado discurso.Hacia una tematización
La profundidad no es ciertamente un signo que defina a la mediática cultura de fines del siglo veinte. Consumidor ávido de imágenes, el ser urbano debe discernir entre miles de fragmentos casi simultáneos para construir su propia totalidad, y es por ello que el arribo a un sitio en que el lenguaje sea unívoco se convierte en una esperada pausa. En este sentido, los bares temáticos no sorprenden al concurrente por lo inesperado, sino más bien por la coherencia de su lenguaje con el tema en cuestión.
Producto derivado del show-business, mezcla de museos pop y escenografías cinematográficas, el programa de un bar temático enfrenta al proyectista con el desafío de crear un nuevo espacio o caer en la tentación de yuxtaponer de modo más o menos ordenado los fetiches de una subcultura.
Varios son los ejemplos que ya se suman a la lista encabezada por el pionero Hard Rock Café, sobre cuyas paredes se exhiben "auténticas" piezas de la mitología del ritmo que sacudió a varias generaciones. Dicha autenticidad no parece importar demasiado: por caso, he visto ya en tres bares la valiosa guitarra de Prince. Lo fundamental es brindar al visitante la sensación de entrar -al menos por unas horas- al tan codiciado hall of fame de su grupo de pertenencia.
Hay para todos los gustos: bares con la estética del cine hollywoodense, el cuero y el metal de las motos, el mundo de la moda, la música Motown, y hasta de los clásicos del cine de terror. En Argentina sin embargo, el fenómeno surgió hace poco tiempo, pero ya son varios los sitios en los que se expone de modo más o menos feliz la "memorabilia" de un tema mientras se sirven platos con nombres acordes al mismo.La metáfora del movimiento
El camino elegido por el estudio Kicherer-Bardach para diseñar el World Sports Café de Buenos Aires no fue el convencional para este tipo de programas.
Sin las restricciones que hubiese impuesto una cadena de locales, los profesionales crearon cada uno de los componentes de una tipología que eventualmente podría ser recreada en futuras sucursales.El discurso arquitectónico no se limitó sin embargo, a la utilización kitsch de las imágenes asociadas con el deporte y la vida sana.
Por el contrario, se optó por el concepto del movimiento continuo como resumen del espíritu deportivo, para operar desde allí dentro de una caja negra de límites abstractos, en la que se logra un ambiente separado del afuera: casi un "laboratorio" de la acción.
El requerimiento del comitente -un espacio futurista- fue interpretado por los autores concibiendo un contenedor que a modo de nave, transportase al visitante a una realidad casi virtual, en la que las diferentes disciplinas deportivas se presentan constantemente a través de múltiples imágenes simultáneas.
Los límites del espacio se materializan de modo sutil, en un fluir de curvas y contracurvas ondulando a lo largo los tres niveles que se unen en un gran espacio central. Pantallas de video de distintos tamaños rematan cada posible perspectiva, enmarcada en haces de fibra óptica que acentúan la fantasía tecnológica.
En el contexto de superficies metálicas que se alternan con la rugosidad de la piedra y el hormigón, una cinta iluminada serpentea por todo el espacio, atravesando los revestimientos de madera clara que conforman el fondo de las mesas. Dentro de ella, la memorabilia: los objetos de culto pertenecientes a célebres personajes del deporte se agrupan al modo de las notas de una partitura, en un cuidado ritmo de volúmenes, colores y silencios.Lejos de la estética figurativa, la elección proyectual de Kicherer-Bardach se muestra en la obsesión por el diseño de los detalles, siempre en función de un todo que privilegia la arquitectura ante la opción del cartón pintado, demostrando que ella también es divertida.