Ciudad y Ecología

Crisis de autenticidad y Barrio sur
x Fernando Diez

El fin de siglo nos plantea una crisis de autenticidad. La capacidad de la sociedad para reproducirlo todo, vacía de contenido a todo cuanto produce. El pasado aparece como la fuente de una legitimidad perdida, como el material con que construir nuestra identidad. La ciudad ha depositado en el Barrio Sur la conciencia de su pasado, y sus modestas casas y descuidadas calles adquieren hoy un nuevo valor social, que cristaliza en las acciones públicas de protección ambiental o en las acciones privadas de recupero y restauración.

En la brecha que transitamos entre el fin de la era industrial y el comienzo de la era informática la noción de sociedad de consumo bien podría reemplazarse por la de sociedad de reproducción, pues todo parece posible de ser reproducido.

El deseo de tener siempre puede ser conformado, no sólo porque la técnica todo lo pude multiplicar, también porque la maquinaria prospectiva del marketing o de la distribución lo pone instantáneamente delante nuestro.

Todo acontecimiento queda convertido en especulación al ser convertido en producto, y junto con su mercantilización, irremediablemente banalizado. Incluso las costumbres y las ideas pueden comercializarse, y el aparato reproductor las organiza, las envasa y las reviste de significantes reproducibles, tranportables y transables.

No se trata de una mera copia, de una mala imitación, sino de una perfecta reproducción, como una multiplicación milagrosa, en la que cada clon es idéntico al original.

Más allá de la "reproductibilidad técnica" advertida por Benjamin (como la fotografía o la grabación del sonido) la última ola tecnológica ha producido una nueva capacidad reproductiva que se revela con elocuencia en la biotecnología y la informática.

La copia ya no es una copia, sino que es idéntica al original, una reproducción, un clon gemelo. Mientras que en la tecnología analógica la copia de la copia era cada vez más imperfecta hasta llegar a la deformación, como sucedía en la grabación de la grabación con el sonido o en la fotocopia de la fotocopia con la imagen, con la información digitalizada, el sonido, la imagen y hasta la vida pueden reproducirse infinitas veces haciendo que la última copia sea tan fidedigna como el primer original. La noción misma de "original" se vacía así de sentido. La originalidad queda neutralizada como valor y con ella pierde sentido también la noción de autenticidad.

Pero lo que degrada definitivamente la autenticidad de las cosas, es la premeditación del aparato reproductivo. Ya nada es genuino, auténtico en el sentido de ser nuevo y original, sino que todo obedece a la premeditación de las encuestas de mercado. Es tal el deseo de la sociedad reproductiva (y su capacidad) de satisfacer los deseos del consumidor, que esa obsecuencia llena de especulación las cosas que produce, las hace huecas, vanas, falsas. Se hace imposible la frescura de lo que es como es por sí y no por nosotros. Por un deseo ajeno a nosotros y no por complacernos.

Identidad y autenticidad

Somos quienes somos en cuanto logramos diferenciarnos de los demás. En ello radica nuestra identidad dentro de la colmena, de la unifomidad propia de la cultura que nos convierte en seres humanos y nos adscribe a una comunidad concreta. Necesitamos ser distintos tanto como parecidos, necesitamos ser individuos cuanto pertenecer a un grupo y a un lugar. Pero la identidad es una función de la diferencia, de lo distinto. Para las personas o para las culturas. Construimos una idedntidad a lo largo de nuestras vidas, y lo hacemos a través de nuestras actitudes tanto como de las cosas de que nos rodeamos. En la medida que podemos rodearnos de un repertorio propio de pertenencias, podemos también difereneciarnos, alimentar la esperanza de que somos "únicos", no sólo una abeja más de la colmena. Sin embargo, la producción seriada está llegando al punto en que la pieza diferente, única e individual, se encuentra en serio peligro de extinción y con ella, la posibilidad de una identificación mágica con el objeto. El talismán ya no es posible, ni siquiera sus sucedáneos modernos, el recuerdo de viaje, la obra de arte, el original, la pieza de colección, el souvenir, el objeto de lujo o la joya. Todos los objetos de que nos rodeamos como una forma de construir nuestro ambiente y nuestra identidad están amenazados de duplicación instantánea. Y al mismo tiempo la capacidad de esa construcción de hacernos distintos se torna frágil y vacua.

La exclusividad, buscada y prometida por la sociedad de reproducción, es un espejismo que se desvanece cuantos más acceden a ella. Este generalizado e incontenible deseo de exclusividad obedece sin duda a la necesidad de constituir identidades diferenciadas, de afianzar nuestra percepción de nosotros mismos como individuos, como grupo o como cultura, pero en definitiva como distintos a los demás.

La sociedad se encuentra ávida de alteraciones, de perturbaciones en la rutina del consumo planificado que resulten "autenticamente nuevas", accidentes que despiertan un interés inesperado.

Lo que empieza a primar entonces, no es ya la perfeción de un objeto, sino el valor de la diferencia, ya que por naturaleza, para la maquinaria reproductiva es fácil multiplicar pero difícil diferenciar, producir la diferencia.

La autenticidad refiere a una correspondencia entre apariencia y contenido a la vez que entre origen y apariencia. Es verdadero aquello que no oculta su génesis, pero es falso sólo aquello que lo hace intencionalmente. Es verdadero lo que no engaña, no necesariamente lo que no revela su origen o deja de mostrar sus entrañas. Tampoco es falso aquello que oculta sus entrañas o se reviste de otras formas, sino lo que lo hace para engañar. De donde lo verdadero y lo falso resultaría una mera relación entre creador-fabricante y observador-consumidor, en la que el objeto-cosa oficia de intermediario o mediador.

Las falsas vasijas griegas que se venden en los negocios de Atenas, son auténticos souvenires para turistas, desde que ya nadie espera encontrar en una tienda de Placa una auténtica vasija griega (de antes).

Las pilastras de la Cancillería de Bramante no son falsas columnas sino auténticas pilastras renacentistas. Las falsas columnas romanas de Moore son auténticas columnas posmodernas que nunca intentaron engañar nuestro ojo. Pero cual es una verdadera calle antigua en una ciudad reconstruida o incluso en una importada piedra por piedra de otro continente?. En las postrimerías del siglo XXI, el parque temático rompe ya sus enclaves circunscriptos para extenderse a todos los aspectos de la vida contemporánea, tiniéndolo todo de sospecha y abrumándonos con una premeditación que nos manipula como conejillos de indias.

Aquellas cosas que son como son por una razón interior y no por una especulación, adquieren hoy un valor distinto, un sentido genuino que la sociedad de reproducción no puede repetir.

La idea de autenticidad comienza a buscarse en los valores de origen: lo antiguo es más verdadero, más auténtico que lo nuevo, y esa legitimidad radica en el hecho de que el tiempo lava de artificiosidad o falsedad la cosa. Lo pretencioso se vuelve así espontáneo, lo ingenuo sincero o lo pobre testimonial.

El pasado como fuente de autenticidad

La paleontología se especializa en la reconstrucción de los hechos más remotos a partir de fragmentos auténticos, y las más increíbles construcciones teóricas pueden edificarse sobre unas pobres astillas de huesos. Irónicamente la película Jurassic Park describe el momento en que toda esta fascinación por la autenticidad, por el contenido histórico de los fragmentos respecto de acontecimientos remotos, queda destruida por el creador del Parque Jurásico cuando visita a los paleontólogos en su lugar de trabajo, y los obliga a abandonar su cuidadoso trabajo deductivo para concurrir a admirar sus maravillosos dinosaurios artificiales. Incluso el período jurásico puede ser despojado de autenticidad y banalizado por los dinosaurios creados por una maquinaria reproductiva capaz de quebrar la lógica histórica de sus huesos. La clonación de mamíferos superiores demostró que estas fantasía está en el centro del pensamiento de la sociedad reproductiva tanto como en sus esfuerzos científico-técnicos.

A pesar del enorme beneficio que supone el poner todo al alcance de todos, (o al menos de muchos más) la sociedad reproductiva a logrado hacer escasa la diferencia y con ella, la autenticidad.

Todos estos fenómenos nos sumen en una búsqueda de la autencticidad, algo que antes abundaba por la natural variación de las cosas, pero que ahora sólo parece encontrarse en tres ámbitos: lo circunstanciado por las limitaciones, lo azaroso o el pasado.

Como con el jazz o el tango, el siglo XX siempre encontró lo auténtico allí donde menos recursos había para la especulación y la manipulación. Allí donde las limitaciones eran mayores, la música fue más "auténtica". En este sentido lo pobre ofrece una garantía de autenticidad en cuanto no es buscado, sino accidental (como los jeans gastados y ahora rotos, que también ha multiplicado la sociedad de reproducción). La escasez y las limitaciones aportan un marco de libertad estrecho pero más auténtico, porque esa escasez no depende de nosotros, sino de circunstancias que no podemos controlar.

La misma autonomía tiene el pasado. Lo viejo se puede imitar o falsificar, pero no reproducir, de manera que la reproducción es irremediablemente "falsa". Lo antiguo es como es porque un destino incontrolable desde nuestro presente le dio esa peculiaridad, y por lo tanto el aparato de la sociedad reproductiva es incapaz de manipularlo. El pasado es, podría decirse, inmune a esta manipulación, y esa inmunidad a la reproducción es lo que garantiza su autencticidad.

El presente produce una "grabación" de los hechos, que quedan registrados en el medio ambiente físico, como las huellas digitales del asesino en la escena del crimen.

La grabación está allí, depende de nuestra capacidad de observación cuánta información podamos leer y cúanto podamos reconstruir de ese pasado.

La magia de las vasijas griegas radica en la creencia (acertada) de que poseen más información sobre sus hacedores que la que vemos. Que escrutando su superficie y su profundidad podremos saber siempre más sobre el tiempo, las circunstancias y las motivaciones de quienes las hicieron.

Esta es una realidad, pero también una noción, la de que el testimonio de los acontecimientos se cristaliza sobre la materia sólida, circunstanciándola indeleblemente de manera que desde el futuro podrán decodificarse los significados grabados en su superficie.

La geología, la arqueología y la paleontología están edificados sobre esta noción. Que la grabación es irreproducible, que el pasado no puede modificarse desde el presente, ni tampoco sus huellas sobre los estratos de roca o sobre las pinceladas que adornan las vasijas griegas.

Es esta "grabación" lo que da valor al patrimonio construido en cuanto lo constituye en una pieza necesaria para saber la historia, conocer nuestro pasado, en definittiva saber quiénes somos, y por lo tanto, para construir nuestra identidad auténtica, no programada. Lo interesante es que esta indagación sobre el pasado no termina, porque a medida que progresa nuestra capacidad de observación, nuevos datos son posibles de conocer sobre nosotros mismos. Eso es lo que hace al patrimonio irreductible a mera información.

Barrio Sur, lugar de la identidad ciudadana

Por distintas razones los porteños hemos depositado en los viejos barrios del sur la conciencia de nuestro pasado e identidad ciudadana. Porque siendo pobres y habiendo estado abandonados a su suerte tanto tiempo, preservaron su "autenticidad". Porque siendo pobre y simple su arquitectura, nos remite a nuestros orígenes más circunstanciados por las limitaciones. Porque siendo viejos son verdaderos.

Buenos Aires vivió durante su primer período de gran prosperidad y cecimiento demográfico (fines y principios de siglo) el síndrome de una ciudad nuevo-rica, que por todo medio quería renovar un pasado de una humildad que prefirió olvidar. Colaboró a esto la baja calidad constructiva de los edificios coloniales, pero lo cierto es que para mediados del siglo XX la ciudad se había deshecho de todas sus casas coloniales. La arquitectura de la ciudad de adobe y palmera fue reemplazada por la del mármol italiano, los bronces franceses, el roble de eslabonia o la perfilería inglesa.

"Me llevaron por Buenos Aires y todo lo que veíamos me decían había sido traido de Francia, de Inglaterra, de Italia... una ciudad donde todo es de otro lado es una ciudad virtual". Esto dijo Arata Isozaki en el Any realizado en Buenos Aires en 1996 refiriéndose a la condición inmigratoria de la ciudad, su condición de importadora cultural.

¿A dónde dirigimos a quienes nos visitan para conocer la ciudad?, a la Avenida de Mayo, a La Boca, a SanTelmo, o más recientemente, a Puerto Madero o a una megadisco... pero de tango, situada en Barracas, a pocas cuadras del Riachuelo, adonde el Gobierno de la Ciudad agasajó a los intendentes del Mercosur.

La escencia de la ciudad está en su cultura distinta, el tango, los enclaves peculiares que dejó una inmigración urgente, los barrios viejos, e incluso en las casas viejas, abandonadas, rotas o descuidadas .

El pasado se puede falsificar, pero no reproducir, de manera que en sus rastros podemos tener por cierta la identidad de ese lugar, para el caso Buenos Aires. Cuando lo viejo se va haciendo antiguo es porque en la percepción de la gente lo que era obsoleto pasa a ser un testimonio, un documento de una época, capaz de identificarla y caracterizarla.

El área sur, Monserrat, San Telmo o La Boca, son parte de ese testimonio, los vestigios a los que la ciudad ha confiado la misión de ser testimonio y conciencia de su pasado. También Puerto Madero y la Avenida de Mayo, donde la sociedad ya fue encontrando situaciones nuevas que revaloraran ese patrimonio, una manera pública de resguardarlo a la vez que hacerlo útil.

Si los barrios del sur antiguo renacen de su decadencia, no es solamente porque esa misma decadencia los ha preservado de los males que el éxito ha traido a los barrios del norte (como las congestiones de tránsito) por los bajos valores inmobiliarios o su ventajosa localización y accesibilidad, sino por este valor de autenticidad que la sociedad no puede reproducir, por esta identidad ciudadana que Buenos Aires necesita terminar de cristalizar también como una referencia geográfica, como un lugar, allí donde se vuelve para reencontrarse con lo que uno es.