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Concurso Museo Constantini
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Fernando Diez
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Un museo para una pequeña colección es un programa seductor de por sí, pero este concurso fue excepcional en todo sentido. Por los premios con que contaba y los importantes honorarios acordados a los prestigiosos jurados internacionales. Por el extraordinario despliegue de su organización internacional, a través de la Unión Internacional de Arquitectos y con la participación del Museo Nacional de Bellas Artes. Por la cuidada presentación, con un lujoso catálogo y el estímulo de un emplazamiento excepcional, exento, contiguo a una Plaza y en uno de los barrios más codiciados de Buenos Aires. Comenzó con un éxito extraordinario de concursantes, más de 900 inscriptos de los que se presentaron algo más de 400 trabajos... y a esto debía sumarse la expectativa de una pronta construcción con un presupuesto importante.Sin embargo no todos quedaron conformes, es que por la misma naturaleza de los concurso... sólo uno gana el primer premio. Quizá algunos se sintieran ofendidos por la simplicidad del proyecto ganador o por la juventud de sus diseñadores, es de esperar que ninguno por el hecho de que no fueran extranjeros (ni siquiera porteños). Pocos repararon en que las perspectivas muestran el Museo con sus ampliaciones incluidas, quedando un interrogante sobre el aspecto del acceso sin la sala que le hace de pórtico y galería.
Pero lo cierto es que el jurado no sólo era incuestionable por la trayectoria de sus integrantes, también era insospechable por más de un factor. En primer lugar, porque siendo tan heterogéneo era imposible que favoreciera tal o cual tendencia; en segundo lugar, porque predominando los extranjeros, difícilmente reconocieran el trazo de los más conocidos arquitectos locales, y en tercer lugar, el amplio número de los jueces participantes alejaba toda posibilidad de favoritismo.
El proyecto ganador está formado por tres prismas que se ordenan en la dirección y sobre los bordes de las calles. Debido a la forma trapezoidal del terreno estos prismas (que contienen principalmente las salas de exposición) dejan entre sí un espacio triangular de doble altura, muy iluminado, que es el hall del edificio y a la vez área de exposiciones temporarias.
El segundo premio, adjudicado al arquitecto rosarino Gerardo Caballero, ostentaba una fisonomía más unitaria, menos aditiva, con una gran escalera central bajo un lucernario y una interesante propuesta para resolver la difícil ampliación de las salas.
El tercer premio, ganado por el estudio suizo de Jean-Pierre Düring es quizá el más imaginativo, proponiendo un museo introvertido, con enormes patios ingleses y un uso inteligente de la luz natural. El delicioso aire surrealista es sin embargo, de un mutismo poco congruente con el protagonismo que se espera de la nueva institución, y la sugerente propuesta de una plaza cerrada, no termina de definir el rol de los árboles ni el diseño y uso de su interior.
El descontento de los postergados se hizo escuchar en los pasillos y en alguna que otra carta, invocando un cumplimiento poco estricto de las bases (el primer premio ubicó el estacionamiento bajo la plaza pública) o descalificando la calidad del ganador. Evidentemente los jurados se concentraron en los rasgos generales más que en los aspectos particulares en que las bases habían sido tan minuciosas.
En este último aspecto es difícil emitir un juicio, porque una parte sustancial de los 445 trabajos no pudo ser vista todavía. Lo cierto es que parece difícil, aun para el más experimentado docente, mirar y comprender 445 trabajos (2.400 láminas) compararlos, llegar a una conclusión... y además concordar con otros doce jurados parece algo imposible.
Sin embargo esta es la situación que se va conviertiendo en un mal estructural de los grandes concursos internacionales, donde la cantidad de entradas es cada vez mayor, hasta que se hace imposible una jura por descarte, sino que ésta debe hacerse por elección. En esta modalidad, cada jurado elige algunos proyectos favoritos, y juntados los "favoritos" de todos, comienza un segundo descarte, más complejo, porque exige un acuerdo creciente entre los jurados. No es poco probable que en este proceso resulten ganadores proyectos que no fueron la primera opción de ninguno de los jurados, pero que pueden ser aceptados por la mayoría de ellos. Este proceso tiende a favorecer proyectos con menos carácter y más indefinidos, pero también más aceptables para la mayoría. Proyectos que tienden a ser un compromiso entre las creencias e inclinaciones (a veces irreconciliables) de jurados tan divergentes como Kleihues y Miralles, Foster y Botta, Topelson y Frampton, para mencionar algunos de los que también estuvieron presentes en el Concurso del Museo Costantini. La cuestión parece recurrente, pues lógicamente, cuanto más importante es un jurado, de tanto menos tiempo dispone para atender la jura, de manera que hay que aceptar esa limitada disponibilidad, o resignarse a jurados con menos antecedentes. La exposición de Terence Riley explicando la charrette organizada por el Museo de Arte Moderno de New York, mostró un intento para evitar estos inconvenientes, posibilidad promisoria, aunque poco explorada todavía.