| Arquitectura |
Otra Mirada Sobre Australia
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Marcelo Nougués
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| Chifley Tower Kohn - Pedersen - Fox, 1993 Imagen del rascacielos neoyorkino con el Royal Botanic Garden en primer plano |
Martin Place Remodelación de la calle peatonal del sector financiero |
Australia queda lejos...
Las interminables horas de vuelo necesarias para unir Sydney con Buenos Aires no son el único abismo que existe entre los dos países en los que se encuentran.
Siempre valoro, y me sirve de elemento de comparación, el recorrido por la inevitable autopista que me transportará al ansiado cuarto de hotel que aliviará el peso de las largas horas de vuelo estoicamente soportadas. Esos pocos kilómetros que separan los aeropuertos del supuesto "centro" del nuevo destino son observados por mí como un chico mira la vidriera de una juguetería. Ese conjunto de nuevas imágenes que se van desplegando como un compacto folleto de turismo, tienen para mí un valor perceptivo que rara vez me lleva a equivocaciones.
Latitudes similares, clima, topografía, régimen de lluvias, paisaje.Todo se parece. Pero nada es realmente igual cuando uno comienza a deshacer la madeja .
Australia es como el nuestro un país nuevo, pero con un pasado colonial de tan fuerte impacto cultural que está presente de continuo, particularmente en su arquitectura. Es imposible desligar la fuerza del imperio británico de la vida de cada australiano.
No sólo es perceptible desde el primer instante en la tradición ancestral, en sus costumbres y sus formas, sino también en el inconfundible acento inglés que cada rincón esconde subliminalmente. El sentimiento insular está siempre presente en el inconsciente de los australianos.
Al visitar el museo naval de Sydney, imponente edificio que preside el pintoresco complejo de Darling Harbour, se nos manifiesta el indudable protagonismo que el mar ejerció sobre la historia y el desarrollo de este país.
Numerosas salas con alta tecnología museológica albergan con gran despliegue la historia marítima de los australianos, en una extensa exposición que abarca desde las precarias barcazas de los primeros aborígenes, pasando por la incursión de la marina australiana en las dos guerras mundiales, hasta una simpática muestra de la bucólica vida de sus playas del Pacífico.
El recorrido previsto incluía concretamente tres ciudades: Sydney, Camberra la capital y Melbourne para el final.Y fue en ese orden que se desarrolló mi visita, con una puntualidad de pasado inglés, una hospitalidad de presente institucional y un profesionalismo de futuro ya cercano.
Las tres ciudades visitadas son bien distintas entre sí, principalmente en su carácter topográfico, que en los tres casos es absolutamente diferente.
En el caso de Sydney, donde la mayor particularidad es la deslumbrante bahía y el puerto que la enmarca, toda la ciudad está volcada en contemplación de esta privilegiada situación, sacando un invalorable partido de este prodigio de la naturaleza.
La ciudad se sectoriza en áreas delimitadas claramente, de fácil comprensión para alguien que vive en un modelo de ciudad europea. La city (área siempre con algo de Wall Street), con todos los requerimientos y clichés que la cultura norteamericana tan bien sabe exportar, es un sector de gran interés arquitectónico. Martin Place configura el eje de dicho sector y, siendo una calle peatonal más ancha que las habituales de su tipo, es en cierta manera un espacio contradictorio pues su escala no la define ni en calle ni en plaza. Sobre sus lados se recuestan los mejores ejemplos de arquitectura académica que he visto en Australia. Soberbios edificios de la era Eduardiana, seguramente sucursales de otras magníficas obras posiblemente en Londres, enmarcan esta arteria con la solidez de sus basamentos y la nobleza de sus materiales.
Los parques son un tema aparte. En esto, los ingleses no necesitan aprender de nadie. Vastísimas extensiones de césped, de inmaculado mantenimiento, albergan los elementos típicos del paisajismo del siglo XIX, también aquí. Diversas follies, gazebos, pérgolas y glorietas asoman sistemáticamente entre canteros de flores y frondosas especies europeas.
Entre estos jardines están implantados los edificios y también diferentes museos, en el estilo greco romano de rigor. Esta particular atracción que los australianos mantienen por los espacios verdes confirman nuevamente la herencia de sus ancestros británicos.
A partir de 1973, con la inauguración de la Opera, Sydney entra en un proceso de transformación que hoy, veinticinco años después, es claramente apreciable. Sería injusto afirmar que Sydney no existía antes de la obra de Utzon, pero es innegable que este famoso edificio se convirtió en el ícono indiscutible de una nueva ciudad.
Paralelamente, en la década del 70 Sydney emprende un desarrollo financiero y comercial de gran relevancia en el contexto de la economía del sudeste asiático y por consiguiente entra en un "boom" edilicio que cambió definitivamente el skyline de la ciudad. Sydney también entra en la fiebre de la recuperación de las áreas portuarias que se remodelan y se transforman en centros de recreación masiva.
Amén de la belleza propia de la bahía y la imponente presencia del puente de hierro con sus pabellones de acceso en el más puro estilo Art Decó, se le suman entonces las etéreas cúpulas blancas de la Opera.
Este rescate urbano es realmente un rotundo éxito tanto en su elaborado proyecto como en la popularidad que tiene en la vida de los habitantes de la ciudad.
Melbourne en cambio es una clásica urbanización europea del siglo XIX. El inmenso poder económico que esta ciudad desarrolló en el siglo pasado se ve claramente reflejado en los edificios victorianos que se diseminan por toda la ciudad.
En este sentido, (Melbourne), al contrario que Sydney, concentra su pasado en un área céntrica de cuadrícula ortogonal, alternando angostas calles con anchas avenidas que rompen la monotonía del trazado.
El mar, aunque no distante, no es protagonista en la composición urbana del centro de la ciudad. Melbourne está atravesada por un río sinuoso que la divide en dos márgenes y junto a sus puentes de diseño clásico, característicos de las ciudades centroeuropeas, le otorga un carácter muy particular.
El sector denominado Fitzroy, concentra una fuerte personalidad. Aquí las construcciones son bajas, de una arquitectura simple sin pretensión alguna.
La tipología predominante es el característico ware-house o depósito industrial. La forman edificios que originalmente habrán sido pequeños talleres de empresas medianas y que hoy, remodelación mediante, son pintorescas galerías de arte, pubs, restaurantes, y el centro bohemio de la ciudad.
Es curioso confirmar que también aquí se da este fenómeno de los reciclajes de anónimos edificios que veinte años atrás corrían un destino condenado, hoy son escenario de ejercicios de diseño de la más variada vanguardia. El estilo "Philippe Stark" parecería que es moneda corriente en la elección de la imagen al emprender estos trabajos. Esta universalización del Soho neoyorquino difícilmente recale en Buenos Aires ya que nuestra ciudad carece de una concentración de esta tipología edilicia .
En Melbourne hay de todo como en botica. Aquí también hay un compacto Chinatown. Felizmente este oriental sector no ostenta esa ornamentación de poca calidad constructiva más parecida a un set de Hollywood que a sus ejemplos originales. Por el contrario aquí solo existe referencia al estilo en las marquesinas, en la gráfica de los distintos locales de comida, y ocasionalmente asoma una que otra pagoda que es por lo general algún templo budista.
No podría afirmar que Melbourne es mejor o peor que Sydney. Es difícil medir en términos relativos la totalidad de una ciudad. Lo que si se puede medir es la conciencia de sus habitantes de su pasado histórico y el respeto por su ciudad.
Percibí desde un comienzo, en las primeras cuadras recorridas, que esta ciudad debió ser deslumbrante en un pasado no muy remoto. La arquitectura victoriana es aquí numerosa en ejemplos y riquísima en calidad. Fuí introducido en este período por Tim Hubbard, un arquitecto local que es miembro de la comisión que custodia el heritage, para nosotros llamado patrimonio. Con el orgullo de quien muestra las fotos de sus hijos, este experto conocedor de la ciudad me enseñó en una caminata que duró cuatro horas los más variados ejemplos de esta arquitectura representativa del siglo XIX.
Las iglesias son deslumbrantes por la riqueza de su elaborada ornamentación y sus costosísimos materiales. Las famosas galerías comerciales o arcades son para quedarse mudo y compiten de igual a igual con sus equivalentes de Londres.
Melbourne y Sydney son dos ciudades europeas desde cualquier lado que se las mire, a las que súbitamente se les insertó el sudeste asiático con su florecimiento económico y sus megatorres de impersonal aspecto. Ambas son sin embargo señoriales y cargadas de historia (tal vez no muy larga pero si muy bien conservada).
A Sydney se le viene el 2000 y sus olimpíadas. Están trabajando. Aunque aún faltan dos años, la villa olímpica y sus edificios auxiliares ya están casi en terminaciones. No se habla ni se ve mucho todavía, pero los arquitectos australianos están por demás ocupados y la construcción en general se incrementó en forma asombrosa. Los arquitectos trabajan casi todos en mega-estudios que no solo construyen en su propio país sino que abarcan toda la región del sur de Asia donde los emprendimientos australianos son cada día mas numerosos.
Volvería encantado a seguir recorriendo lo que aún no ví y repasaría gustoso todo lo ya visto con el mismo interés que puse en esta grata visita. Este país, que aunque como dije al principio queda lejos, tiene mucho para enseñarle al mundo, y particularmente a nosotros, ya que nos daría una verdadera lección de sentimiento nacional y carácter de identidad.
La Opera de Sydney
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Todos aquellos que hayan cursado sus estudios de arquitectura dentro de la década del 70, están en más o en menos involucrados con la emblemática y polémica Opera de Sydney de Jörn Utzon.
Recuerdo haber visto por primera vez las imágenes de este edificio en mi ciclo introductorio y -obviamente- haber quedado sorprendido. Fué eso, sorprendido, ya que con la escasa información que tenía hasta el momento no creo que hubiera sido capaz de emitir un juicio u opinión.
Sí recuerdo que en taller la postura de los ayudantes (que seguramente nos llevarían unos diez años), estaba dividida entre los que la proponían como modelo a seguir y los que insinuaban que cualquier entrega que se asemejara a estas imágenes corría el riesgo de sacar "bajo nivel".
Con el tiempo verifiqué que las ligeras cáscaras blancas no habían influído demasiado en mi formación de arquitecto, y que en la Facultad sólo tuve después esporádicos contactos con esta obra al cursar Histora III. Luego alguna que otra postal que se entrecruza, los juegos olímpicos que empiezan a publicitarse y finalmente el inesperado viaje a Australia.
Al estar frente a esta obra y a pesar de no sentirme muy identificado con este período de la arquitectura, tuve que admitir la innegable presencia que tiene la obra de Utzon en el puerto de Sydney. Es una obra importante que no puede pasar desapercibida. Me pregunto si es realmente su valor intrínsico lo que la destaca o su inigualable ubicación. Seguramente las dos variables son inseparables, pero también seguramente la inspiración de Utzon estuvo de alguna manera condicionada por el emplazamiento de su futura obra.
Y fue así que se gestó este proyecto: una ubicación privilegiada, un primer ministro progresista, un joven arquitecto danés y un visionario participante del jurado fueron la sumatoria de factores que hicieron realidad a esta obra.
Jörn Utzon, que para ese entonces tenía casi cuarenta años, se había formado bajo las influencias de la obra de Asplund y Alvar Aalto y había desarrollado hasta el momento una corta actividad profesional en Dinamarca, principalmente en viviendas y concursos.
Y fué casualmente en el concurso de Sydney que cambia su suerte. Eero Saarinen, que era parte del jurado, rescata entre los trabajos ya desechados los dibujos de los hoy famosos techos del edificio en cuestión.
Los trabajos empiezan, pero luego de largas discrepancias con el ente administrativo, Utzon decide renunciar a la dirección de obra en 1966. Este hecho divide a la opinión pública de Australia y crea un gran malestar entre los arquitectos locales. Harry Seidler es unos de los principales activistas para la restitución de Utzon, quien es finalmente desplazado y un equipo de arquitectos australianos termina la obra para ser finalmente inaugurada en 1973.
La Obra de Harry Seidler
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| Embajada de Australia en París 1976 |
Ampliación oficinas y vivienda del
arquitecto Harry Deidler Fachada sobre calle de acceso, opuesta a la fachada principal, abierta a la bahía de Sydney |
Llegué puntualmente a las oficinas de Milsons Point para entrevistarme con Harry Seidler.
Me recibió un hombre mayor con un mug de Harvard en la mano y un lápiz en la otra. Con su tradicional moño sobre su camisa impecable era exactamente la imagen que había visto de él.
Seidler es austríaco, nacido en Viena en 1923. Luego de la invasión nazi en Austria, logra escapar a Londres para luego emigrar como refugiado a Canadá. Comienza sus estudios en la Universidad de Manitoba bajo la dirección de John Russell. Se gradúa en 1944. Posteriormente gana una beca en la Universidad de Harvard donde es alumno de Walter Gropius en la Master Class entre 1945-1946. Comparte el curso con I.M.Pei, Paul Rudolph y Ulrich Frazen. Finalizados estos estudios se inscribe en Black Mountain College, en la cátedra de Joseph Albers.
Es ahí donde Seidler comienza una estrecha relación con Marcel Breuer, quien lo invita a trabajar juntos en sus oficinas de Nueva York. Su entusiasmo por la novedosa arquitectura brasileña lo lleva a Río de Janeiro donde se asocia temporalmente con Niemayer.
Su familia se muda a Australia y es allí donde recibe su primer encargo: la casa de sus padres en Turramura. Durante la década del 50, Seidler desarrolla una gran producción de casas unifamiliares, de significativa vanguardia en Australia. En 1956 conoce a Le Corbusier en Chandigarh de quien queda profundamente admirado.
En 1957 Seidler participa en el jurado de la Opera de Sydney, apoyando junto con Saarinen el proyecto de Utzon. La década del 60 son años de gran producción: comienzan sus obras de gran volúmen. En 1974 gana el concurso para la embajada australiana en París, que lo coloca en el centro del escenario de la arquitectura internacional.
A partir de esta fecha Seidler desarrolla una intensa labor tanto en Australia como en el sudeste Asiático y Europa. En junio de 1996 recibe la Gold Medal, premio otorgado por el Royal Institute of British Architects.
Canberra
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| Biblioteca Nacional Reminiscencias de Brasilia y los años 60 |
Museo de la Galería Nacional |
La primera pregunta que le hice a mi guía, Peter Vernon-Constance, al llegar a Canberra, fue si no era ésta la ciudad mas aburrida del mundo. Evasivamente me destacó lo seguro que era vivir en un lugar donde nadie traba las puertas de los autos y donde sólo las embajadas de los países islámicos en conflicto tienen una pequeña reja que los separa de la calle. La polución no existe y el área industrial se concentra en la periferia donde sólo se permiten actividades determinadas y reguladas. Tampoco existen los edificios en altura y la contaminación visual es una ausente con aviso. Luego de esta descripción lo único que queda por hacer es cerrar las valijas y partir inmediatamente hacia este paraíso... Para poder entender el funcionamiento de la capital australiana, es necesario saber como se originó su fundación y la cronología de su corta historia. Comienza con la eterna rivalidad entre Sydney y Melbourne por ser la sede de gobierno, y por consiguiente centro económico del país, que se dió por finalizada con el llamado a concurso internacional para el proyecto de una ciudad capital que terminara de una buena vez con esta disputa centenaria."Hermosos picos azules coronados de nieve ...". Así empieza el informe que Walter Burley Griffin redactara para la aprobación del emplazamiento de la ciudad por el Parlamento.
Cuando la comisión federal fué aprobada en 1911, la primera premisa a desarrollar fué la reforestación del sitio elegido. Miles de árboles fueron plantados en corto tiempo, alternando el local eucaliptus con especies exóticas, principalmente europeas. Esta conjunción de vegetación tan variada es uno de los factores que le dan hoy a Canberra su célebre fama en la historia del planeamiento urbano.Con una población actual que supera los 300.000 habitantes, Camberra se ha ido desarrollando rigurosamente según el plan original de Griffin. Actualmente cuenta con cuatro ciudades satélites en su periferia, las que presentan un proceso de crecimiento de igual rigor. Desde las bases del concurso fue puesto a disposición de los participantes un complejísimo juego de planos, cicloramas, fotos, informes sobre regímenes de lluvias, etc. Se presentaron 137 trabajos, que fueron expuestos en Melbourne para su evaluación. Luego de largas disputas, el arquitecto Walter Burley Griffin, de Chicago, fue seleccionado como único ganador. Es destacable señalar que el segundo premio lo obtuvo Eliel Saarinen, de Finlandia, y que el tercer puesto fue para Alf Agache de Francia. El plan original de Griffin era para 75.000 habitantes. No son pocos los que piensan que Griffin no hubiera ganado el concurso de no haber sido por los fabulosos dibujos realizados por su esposa Marion Mahoney Griffin, también arquitecta. Otra de las razones del éxito de Griffin fué sin duda su real comprensión de la topografía del lugar, sacando de ésta un acertado partido. Por el contrario, Saarinen presentó un trazado de génesis geométrica, tal vez más adecuada para una ciudad del norte de Europa.
Griffin permaneció trabajando en Australia hasta 1935, año en que emigró a la India, donde murió en 1937.
La referencia al inconfundible plan de LEnfant para Washington es indudable. Canberra es una ciudad con trazado de orden monumental. Y he aquí una curiosa contradicción, ya que la axialidad académica de su trazado, evidente si uno mira el plano de la ciudad, no se refleja espacialmente al recorrerla. La volumetría de sus edificios pierde consistencia en el conjunto, posiblemente por los grandes espacios vacíos que existen entre las distintas áreas construidas. Esta característica produce una distorsión visual en el efecto de las perspectivas.
Camberra es una ciudad completamente zonificada. Cada actividad está agrupada en preestablecidos sectores que configuran en sí mismos un espacio propio. Todas estas distintas áreas están ligadas entre sí por inmaculados parques inundados de flores y prolijas avenidas que amalgaman el conjunto.
Demás está decir que la vida pedestre prácticamente no existe, limitándose exclusivamente al área comercial y administrativa, que aunque de reducidas proporciones, conforma un tejido urbano más o menos compacto y homogéneo.
Lo más asombroso de Canberra es la constante sensación de estar en un eterno suburbio.
Al igual que en Washington, los edificios públicos se convierten, por su emplazamiento y ubicación, en una suerte de monumentos involuntarios. Presididos por el Parlamento, ubicado en la cima de Capital Hill, el resto del conjunto se subordina a éste en un área delimitada por dos monumentales avenidas y el borde del lago, conformando lo que se llama el Federal Triangle.
El área reservada a las embajadas es un sector residencial de calles sinuosas y trazado pintoresquista. El que algunos países hayan construido sus sedes diplomáticas en el estilo característico de su país es un curioso fenómeno que convierte a este suburbio en una suerte de Epcot Center, Orlando, de dudoso gusto.
La gran perspectiva que une el Parlamento con el War Memorial del otro lado del lago, es el gran foco de interés de esta impecable ciudad. Allí se comprueba y se admira el gran acierto de Griffin al proyectar el conjunto.
Canberra
El Parlamento
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| Edificios del Parlamento de Canberra | Gran mosaico en el patio de acceso; arte aborigen por el artista Michael Nelson Tjakamarra |
El flamante edificio del parlamento ya va a cumplir diez años.Y en esa década se ha convertido en el edificio más emblemático y polémico de Australia: con un costo de 1.1 billones de dólares divide en dos a la opinión de los australianos.
Emplazado (ó sumergido) en el centro de Capital Hill, punto focal del proyecto de Griffin, reemplaza al antiguo edificio original de clásicas líneas y maravillosos gestos en estilo Art Decó.
El nuevo parlamento es el resultado de un concurso internacional, fruto de la selección de 329 proyectos, provenientes de 28 países. El triunfo fue del estudio Mitchell - Giurgola & Thorp con sede en Nueva York, y el proyecto fue dirigido por el arquitecto italiano Romaldo Giurgola.
La inauguración fue planificada para 1988, fecha conmemorativa de los 200 años del primer asentamiento europeo en Australia. En menos de dieciocho meses de otorgado el resultado del concurso los primeros contratistas ya estaban trabajando en la obra; para que esto sucediera, se utilizó un novedoso sistema de construcción llamado fast tracking, que consiste esencialmente en dar inicio a las obras ni bien los proyectistas tienen definidos los planos de excavaciones y estructura. Este sistema de una pseudo improvisación o resolución sobre la marcha, es muy común en los países desarrollados en emprendimientos de centros comerciales, oficinas y fábricas. Pero las terminaciones y el grado de detalles que esta obra requería, ponía en juego el éxito del sistema.
Giurgola, como buen italiano, usó una variada y profusa selección de mármoles para revestir su espectacular obra: treinta y cinco tipos diferentes de piedra fueron usados en este increíble edificio, y para informar sobre ellos se editó un ilustrativo libro que explica con fotos y detalles constructivos las características de cada material.
La primera aproximación al conjunto es bastante confusa. Recuerdo una anécdota de mis años de estudiante, cuando un compañero de taller, al ser interrogado por el ayudante sobre las vistas de su entrega, mi hoy colega simplemente contestó: "No hay. El edificio es subterráneo". Algo parecido debe haber respondido Giurgola al entregar su proyecto.
Desde lejos el edificio no tiene fachada. Solo una gigantesca bandera asoma de la cima de Capital Hill. Sólo una colina. Una enorme y etérea estructura, que es mitad cúpula, mitad mástil y una blanca pared cavada en la falda de la colina, (que salvando las distancias me recuerda el templo de Abu-Simbel en Egipto), son lo único que se divisa desde el otro lado del lago.
La aproximación paulatina enfoca la lente y el escalímetro gira y cambia de escala: la blanca pared es ahora una monumental fachada revestida en Carrara Blanco Paradiso, formando un colosal pórtico que oficia de acceso público.
Existen además otras tres entradas al edificio ubicadas cada una hacia un punto cardinal. La que usa el Primer Ministro es en el lado opuesto al acceso de público, y se realiza a través de una "puerta", cosa que tiene para los australianos un simbólico significado.
El parlamento está organizado en cuatro edificios generados a través de dos paredes curvas que son protagónicas, tanto funcionalmente como en la génesis de su volumetría.
Una vez adentro el asombro se sobrepone al desconcierto.
Como cuando uno sale del cine, luego de ver una película polémica largamente recomendada, nos preguntan: "Te gustó?", y el silencio es la respuesta... algo parecido me ocurrió dentro de este gigantesco edificio.
Al trasponer la Gran Verandah, espacio de transición que antecede al gran hall de acceso, lo primero que se percibe es una clara referencia al origen del proyectista. Las cuarenta y ocho columnas de mármol en Verde Cippolino y Rosa Atlántide, que según la explicación del guía evocan un monte autóctono de eucaliptus, son absolutamente agobiantes. Si a esto se le suma el dibujo del piso extraído del Panteón de Roma, más la escalera que es copia de la del Gran Cortile del palacio de los Dogos en Venecia, coronando con extracciones de la fachada de San Miniato al Monte de Florencia, para aquellos que aún consideramos que las tres palabras de Mies "menos es más", tienen algún significado, este definitivamente no es nuestro más logrado lugar.
Contrariamente a este primer hall que parece extraído de "La vuelta al mundo en ochenta días", el resto del edificio va surgiendo en una asombrosa calma y armonía. Materiales nobles, principalmente mármoles y granitos locales y delicadísimas marqueteries de exóticas maderas, podrían decirse que son el único elemento decorativo que sobresale en un clima sereno y de depurado diseño.
Pocas veces he visto un grado de perfección igual en el detalle de las terminaciones. Quienes lidiamos diariamente con los cortes del marmolero o con las buñas del carpintero, deberíamos pedirle la tarjeta al constructor, donde las líneas de encuentro son tan perfectas como las que aparecen dibujadas en la pantalla de nuestra computadora.
En el Gran Hall cambia el protagonismo del mármol por el de las maderas locales de distintas regiones. El parquet en "Jarrah" australiano es lo que más se destaca en este espacio, que sirve como comedor oficial para grandes recepciones (caben 800 personas sentadas) o como salón de convenciones o exposiciones. Las maderas rubias de las paredes que se intercalan con las pilastras en blanco Carrara son un bálsamo luego de traspasar la jungla de columnas del espacio anterior.
El resto del edificio, que no es poco, (son en total 250.000m² ) se va presentando con una absoluta calma y un riguroso desarrollo axial y simétrico. Faltaría recorrer el Members Hall, baricentro absoluto del proyecto, lugar de encuentro de ejes virtuales y no tan virtuales que, cúpula de vidrio mediante, remata la volumetría del conjunto. A ambos lados de este nudo ordenador se hallan los dos recintos parlamentarios.
Por último quedaría por hablar de la parquización que acompaña y circunscribe el edificio. Nuevamente, como en el resto de Canberra, estamos hablando de palabras mayores. Tanto los jardines interiores que, tratados como patios ingleses, son de un impecable diseño lo mismo que la cubierta del edificio, resuelta como un gran espacio verde (que no es otra cosa que la recomposición de la colina), con suaves aterrazamientos que evitan posibles desmoronamientos.
Terminó la película. Hay que emitir un juicio.
La opinión sería que el film es demasiado largo y desparejo (léase demasiado grande y complejo). Es imposible que nos guste todo, pero el balance general es positivo. Lo recomiendo. Es una obra que sin duda entrará en el libro de la historia de la arquitectura del siglo XX .
Canberra
War Memorial
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El War Memorial (Memorial de la Guerra) en Canberra fue sin dudas el edificio que mas me gustó de Australia.
Más que gustarme, diría que me conmovió. Este sentimiento que ocurre cuando las emociones vividas son intensas, en esta precisa situación fue la sumatoria de dos diferentes factores. El primero es puramente espiritual: me toca fuertemente todo lo referente al sufrimiento humano, especialmente si proviene de una guerra. En este monumento en particular existe un clima de gran recogimiento que me atrapó desde el primer instante.
Pero es el segundo factor el que realmente corresponde a este artículo: el edificio en sí mismo es impactante. La sola presencia de sus macizos volúmenes y la solidez de su cúpula configuran un todo-objeto que toma por momentos el significado de escultura.
Emplazado en uno de los puntos claves del proyecto de Griffin (la propuesta original proponía un casino), es el punto final (o el comienzo si se lo mira en sentido contrario) del gran eje monumental que nace en Capital Hill.
También fruto de un concurso, este proyecto nace de la selección entre 69 participantes. Lo particular de este caso, es que los proyectistas debían ser o australianos o ser súbditos de un país perteneciente a la corona Británica. Esta curiosa condición se estableció para evitar que el ganador fuera de un país enemigo.
Luego de largos cabildeos, el jurado otorgó el premio a los arquitectos Mil Sodersten & John Crust.
Este modelo de mausoleo-memorial responde a una tipología varias veces repetida en la década del 20. La volumetría responde a una construcción de aspecto macizo, casi siempre con una cúpula semieférica como remate del conjunto.
Estos edificios presentaban generalmente una clara evocación de la arquitectura bizantina, utilizando los clásicos mosaicos para el revestimiento y la confección de frisos y frescos, que eran diseñados por renombrados artistas. En el caso del War Memorial de Canberra todas estas características se cumplen rigurosamente, lo mismo que en otros edificios similares de otras partes del mundo.
Este ejemplo tiene, además de las características estilísticas propias de la época, la particularidad de ser el primer edificio "Art Decó" proyectado en Australia.
Todo el conjunto se encuentra elevado varios metros del nivel original del terreno y el acceso se realiza a través de escaleras ceremoniales que están enmarcadas por dos pilones revestidos, como el resto del edificio, en un limestone local. A través de un pórtico de precisas proporciones se descubre el espacio protagónico del edificio; un claustro de forma rectangular enfatiza la perspectiva del volumen principal. Encuadrado por dos galerías de arcos que albergan las placas con los nombres de los héroes muertos en combate, conforma un patio que evoca la arquitectura románica del siglo XII. Los techos de estas galerías desagotan a través de 26 gárgolas esculpidas que recuerdan animales autóctonos de Australia.
Una vez traspasado ese patio central se ingresa en un solemne y austero mausoleo de acertada escala. Aquí la cúpula se lleva las palmas. Está revestida en más de seis millones de pequeñísimos mosaicos dorados que forman un dibujo geométrico de gran equilibrio cromático.
Las ventanas, resueltas en un gótico sintetizado exhiben vitrales del artista Napier Waller, también autor del diseño de la cúpula. Waller, que perdió su mano derecha sirviendo como artillero en 1917 ("Un artista pinta con su mente, no con las manos"), tardó veinte años en terminar su obra que hoy es parte de uno de los monumentos más visitados de Australia.