| Arquitectura |
Aeropuerto de Washington
x Pablo Guiraldes
Un aeropuerto en la capital
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El aeropuerto mira a la ciudad a traves del río. La ciudad capital, más de doscientos años despues de salir del tablero del intolerante y talentoso L'Enfant, es una obra maestra de diseño, concretada a traves de las generaciones. No siempre fue así; los primeros cien años de la ciudad fueron de dudas. Dudas sobre su supervivencia como capital, que se sumaban a las dudas sobre la supervivencia de la Union misma. Dudas sobre su ubicación, como lugar de encuentro entre el Sur y el Norte, sobre un pantano de tierra blanda, caluroso y anegadizo. Dudas sobre la pertinencia de su concepto utópico y grandioso, en un país que dudo su propia identidad, industrial y pujante, rural y doméstica, mientras se transformaba en la primera potencia mundial.
Hacia principios de este siglo, todas las dudas se habían disipado. Esta era la capital de un gran país, y gracias a Daniel Burnham, existía una certeza acerca de como representar esa grandeza. La exposición de Chicago de 1893, había iniciado el City Beautiful Movement, cuyos sostenedores, que no eran otros que los arquitectos más talentosos de todo el país, creían que la ciudad se salvaría del desorden, la congestión y la contaminación sólo si era capaz de representar, mediante sus edificios y espacios públicos, los valores cívicos que eran la república misma.
La grandeza del plan de la comisión McMillan, que retrotrajo la ciudad al proyecto de l'Enfant, no alcanzó sin embargo para recuperar para el distrito federal una parte del ejido original de la capital, devuelto a Virginia en el siglo 19 ante la perspectiva de que la superficie de la capital, un rombo orientado hacia los cuatro puntos cardinales, no se llenaría por mucho tiempo. En consecuencia, el cuadrante sudoeste del rombo original de 10 millas por 10 millas, quedó fuera del trazado original para siempre, y fuera también de los estrictos controles de edificación que hoy garantizan que los monumentos de la capital serán los protagonistas del paisaje de Washington para siempre.
Este cuadrante suroeste presenta un muestrario de todo lo que no se puede hacer en Washington: Torres de oficinas, autopistas de varios niveles, malles, el suburbio a las puertas de la ciudad barroca. El pentágono y el cementerio de Arlington son los únicos testimonios de que la capital está del otro lado. Y de este lado se instaló, hace muchos años, el primer aeropuerto de Washington, National. La saturación del tráfico aéreo hizo necesario que en la década del 50 se construyera un nuevo aeropuerto, el famoso Dulles de Saarinen, aquel del techo con forma de perfil de ala, quizás la inspiración de tantos originales techos aerodinámicos que abundan en los aeropuertos hoy en día.
Las paradojas de la historia, quizás, hicieron que el arquitecto que tuviera a cargo la ampliación de National fuera Cesar Pelli, antiguo colaborador de Saarinen y de algun modo su sucesor en su triple condición de inmigrante, arquitecto prolífico, y dificil de clasificar en términos de tendencias.
Un aeropuerto urbano
La respuesta de Pelli a la comprometida situación de National, encajonado entre el tren, la autopista y el río, es una discreta obra maestra.
Discreta no por su tamaño y complejidad, sino por la manera en que ha logrado con un repertorio acotado en terminos de espacio, tecnología y forma, un resultado tan ajustado.
Pelli mismo se ha encargado de explicar este proyecto más en términos de proceso que de forma. Su estudio trabajo sobre cuatro alternativas, incluyendo algunas versiones de los dramáticos techos aerodinámicos, de esos que parecen ser obligatorios en los edificos de grandes luces en los últimos años. La solución elegida, sin embargo, casi tradicional y poco declamatoria en términos estructurales, hace recordar más a las cúpulas de un bazar oriental, traducidas a un lenguaje metálico y liviano, algo así como high tech con alma: un módulo compuesto por un techo en forma de cúpula de unos 14 metros de luz, sobre columnas de perfiles metálicos, y que se repite a lo largo y a lo ancho de un esquema linear, es la unidad de repetición que resuelve espacialmente todo el sistema. La construcción de las cúpulas y sus detalles, otorgan textura y escala, transformando en un logro lo que de otro modo podría ser un recurso formal agobiante (recordar el discutido aeropuerto de Sevilla de Moneo). Nos acordamos que la recova de la Union Station de Burnham, la terminal que el diseño luego de decidir su traslado mediante su plan, tiene este mismo motivo de cúpulas repetidas a lo largo de un espacio angosto.Pero esto no es un edificio tradicional. Por el contrario. Transparencia, liviandad y simultaneidad son una constante en todo el proyecto. La tecnología es el medio de expresión de la forma. Es un edificio diagramático, claro, simple. A la manera de la mejor arquitectura moderna, el proyecto de Pelli resuelve en corte las relaciones del edificio con la autopista, los infaltables estacionamientos, y el tren que para a menos de cien metros de la pista de aterrizaje.
A pesar del tráfico constante de autos, trenes y minibuses, la experiencia de bajar las valijas en la puerta del edificio, bajo las marquesinas vidriadas que hacen de alero, es más parecida a desembarcar en una vieja estación de tren. De ahí al despacho de valijas y control de pasajes, hay un paso corto, porque el edificio esta pensado para hacer esta transición lo más agradable posible. Y en un aeropuerto, agradable significa el menor tiempo posible con las valijas a cuestas.
Desde los mostradores ya se pueden ver los aviones, porque estos se encuentran en un nivel superior que balconea sobre un gran espacio, largo y angosto, con un muro cortina cuya estructura hace las veces de filtro visual, y a la vez enmarca la vista de los aviones, el río y la ciudad. La simultaneidad de la experiencia transversal se opone al verdadero recorrido longitudinal que se inicia una vez que despachadas las valijas, descendemos al gran espacio y lo recorremos.
Aquí la experiencia cambia. La factibilidad económica de este aeropuerto, construido en la era del entretenimiento y del shopping suburbano, se resolvió transformando al aeropuerto mismo, en un paseo comercial. Un paseo a la manera de las mejores galerías cubiertas del siglo XIX -Vittorio Emmanuele en Milán, nuestras Pacífico- o de las grandiosas terminales de tren -Grand Central, la demolida Penn Station, nuestra Retiro-, donde los movimientos de la gente, los locales comerciales y las calles son parte de una sinfonía urbana. Así se evitó caer en el ambiente blando y anodino característico de los aeropuertos con sus duty free shops, o su versión suburbana, los desagradables e impersonales malles que rodean a Washington como a todas las grandes ciudades americanas, y vacían sus calles y sus espacios urbanos de peatones.
Con la calidad del espacio y la arquitectura garantizados de antemano, los mejores negocios y muchos muy buenos restaurantes abrieron locales en National, quizás intuyendo que el proyecto iba más allá de la mera necesidad de financiar el espacio del aeropuerto mediante el alquiler de los locales. Quizás esta vez se trataba de una experiencia urbana integrada.
El Arte de Volar
Si esto fuera un shopping, ya podemos imaginarnos lo que tendríamos delante de nuestros ojos durante todo el trayecto: Carteles comerciales invadiendo el espacio visual, y anunciando sus irresistibles productos.
Pero en este aeropuerto-galería comercial-gran espacio urbano, no es la publicidad la protagonista, sino el Arte.El Arte, en forma de murales, mosaicos, vitraux, formas de arte que Pelli insistió en incluir en el proyecto desde el primer momento. Para asegurar la calidad y libertad expresiva de los artistas, por un lado, y la coherencia y coordinacion del proceso por otro, se creó una comisión que primero aprobaba y controlaba el avance de los trabajos, al mismo tiempo asesoraba a los artistas en terminos de tecnología pertinente y durabilidad de los materiales.
El resultado son una serie de impresionantes mosaicos en forma de medallones en el piso del gran espacio, que transforman el acto de caminar a lo largo del aeropuerto en una experiencia estética; vitraux con motivos aeronáuticos, que se nos cruzan delante de la vista mientras miramos aterrizar o despegar aviones; murales apasionantes que aluden al dinamismo, y la velocidad. El arte reencuentra en National su lugar, y no necesita de más ayuda para recuperar su rol activo en los ámbitos públicos.
En su proyecto para el aeropuerto de National, Pelli no rinde pleitesia a la monumental Washington, sino que alude y recrea su trazado, sus monumentos, y sus espacios, en un modo renovado; no se entrega al entretenimiento y al comercio como fines, sino que los usa como medios para enriquecer la calidad de nuestra experiencia antes y despues del viaje. No declama su nostalgia por la ciudad tradicional para luego hacer una caricatura de ella, sino que usa todo el potencial que le dan la continuidad de los flujos de personas y vehículos a traves del complejo aeropuerto, para hacer de el un gran edificio y un gran espacio, a su propio modo, en una ciudad llena de ambos. Pelli ha transformado el que quizás sea el más antiurbano de los tipos edilicios de este siglo, el aeropuerto, en una pieza fundamental de la ciudad.