EL
SUEÑO DE LA MANZANA PROPIA por
Fernando Diez
Donde Coghlan se hace bajo, con
calles de casas y gomeros generosos, estaba la antigua fábrica de chocolate
de Nestlé. Una manzana donde debía decidirse un programa de vivienda
para el que se abrían múltiples posibilidades, desde el aprovechamiento
parcial de las edificaciones que llenaban completamente la manzana, hasta su completa
demolición. Durante los años 80 romper la manzana era
un latiguillo que se oía en los talleres de todas las facultades de arquitectura.
Se suponía que el perímetro continuo de la manzana era un rasgo
regresivo, antiurbano, y que su adecuada ruptura produciría
una nueva vida urbana, abriendo a los peatones espacios llamados semipúblicos.
Esta furia antimanzana se propagó en los proyectos de facultad, pero pocas
veces alcanzó a materializarse en las ciudades. Distinto fue el caso de
las galerías comerciales, que se comunicaron entre sí para producir
una red peatonal cubierta, especialmente en el centro de Córdoba. En Buenos
Aires, fue exitosa la pintoresca propuesta del Paseo La Plaza, uniendo Corrientes
con la intersección de Sarmiento y Paraná. Por lo demás,
las manzanas permanecieron cerradas, salvo en el caso de las grandes torres de
los 90, que se abrieron, pero solo a la vista, pues discretas rejas impidieron
que tal espacio fuera efectivamente público. Ya en la primera década
del siglo, los enclaves de grandes torres prefirieron rodear de muros el perímetro
de una manzana que volvió a hacerse impenetrable para preservar la intimidad
de los amenities. Pero eso no consiguió crear un espacio interior,
sino limitar las vistas de una espacialidad que terminaba en el muro, más
o menos disimulado por la vegetación. Esta última terminó
siendo la solución canónica para torres que, por su distancia con
la calle, nunca colaboran a limitarla y cualificarla. En el caso de Tronador,
precisamente esa fue una de las opciones que se analizaron: demoler completamente
las edificiaciones de la antigua fábrica de chocolate para realizar cuatro
torres exentas. Sin embargo, mostró ser más conveniente un planteo
que conservó gran parte de las estructuras existentes, para transformarlas
en un anillo de departamentos que ocupa perimetralmente la manzana. Esto produjo
un espacio interior de dimensiones muy generosas, pero sobre todo, que podía
ser cualificado por la propia edificación. El tratamiento arquitectónico
y paisajístico de ese espacio otorga una especial relación a los
departamentos con la piscina, su bar y las superficies verdes. Al punto que esas
vistas se han valorizado más que las de las calles. La relación
con este espacio está calibrada por la escala de los edificios de cuatro
pisos, estableciendoesa distancia donde las caras son visibles, y la relación
con los vecinos que van y vienen va creando una sensación de comunidad
mucho más fuerte que en el esquema de torres. La gran altura de los entrepisos
en las estructuras existentes permitió dar espaciosos interiores a los
departamentos, cuyos estares, a través de grandes ventanales, participan
del corazón de manzana. La piscina se encuentra bajo el nivel general,
de modo que da lugar a un espacio propio, comunicado, pero a la vez separado de
las circulaciones generales.La atmósfera de intimidad de este espacio se
prolonga hacia el interior del bar de la piscina y al acceso a los salones de
juego. A su vez, el techo de esta instalaciones es una losa inclinada cubierta
de verde, de un modo tal que emerge desde el nivel del patio, integrándose
al paisaje interior, y preservando la superficie verde para la vista desde las
unidades. Las entradas a los departamentos son desde el espacio interior, al que
se accedepor dos portones ubicados en puntos opuestos de la manzana. Todo el conjunto
adquiere una masa crítica que, siendo solidaria con el contexto de calles
de barrio, a la vez se constituye en un enclave con identidad propia, capaz de
dar nuevo sentido a una localización, que para este producto inmobiliarioes
también nueva. Desde el punto de vista de la ciudad y el barrio, esta manzana
no es totalmente amigable en cuanto no ofrece ese tipo de relación que
establecen las puertas de las casas con la calle. Pero tampoco es hostil, y contribuye
favorablemente a afianzar las buenas condiciones del barrio. Aceptando el principio
que dice que la calidad de vida de un conjunto residencial depende, más
que de ninguna otran cosa, de la calidad ambiental del barrio donde se encuentra. |