EL DOMINIO DE LO LATENTE

 

EL DOMINIO DE LO LATENTE
PLAZA DE CISNEROS, MEDELLÍN, COLOMBIA
por Guillermina Abeledo

La reivindicación del espacio público parece ser una constante en los escenarios urbanos mundiales de los últimos años. Ejemplos notables dispersos a nivel global refuerzan el rumor de que es la ciudad el ámbito para la transformación social. Es así como el espacio público deviene en catalizador de voluntades
políticas y aspiraciones cívicas de comunidades que aspiran a la consolidación de la identidad y del bien común.
La ciudad ya no es la resultante sino que implica un programa anticipatorio y una intervención intencionada. Los vínculos de indiferencia y conflicto se transforman en otros de reciprocidad e integración. Estrategias de inclusión y democratización modifican y re-signifcan el paisaje urbano, escenario de nuevas formas
parlamentarias donde la arquitectura cobra toda su dimensión política. El fenómeno tiene también su lugar en Latinoamérica. Con administraciones discontinuas y recursos mínimos, comienza a reconocerse el valor redentor que llevan implícitas ciertas acciones sobre el espacio común. Colombia apuesta al espacio público y lo convierte en objeto de sus deseos de progreso y resurgimiento político, social y cultural. Ciudades como Medellín se convierten en zonas de oportunidad, lienzos en blanco que otorgan al arquitecto la chance de proponer sobre el lugar y definir nuevos paisajes. Guayaquil supo ser uno de los sectores más importantes de la ciudad, transformado en un espacio depreciado, residuo de la migración de las principales actividades mercantiles hacia otras áreas. El objetivo principal encarado por las autoridades fue recuperar el sector y su carga simbólica. Valiéndose del encanto de lo existente, sumar nuevos usos complementarios vinculados a programas cívicos, culturales y comerciales en pro de la reconquista de los espacios degradados.
El planteo para la Plaza de Cisneros es original, pero sobre todo, específico. La propuesta surge de las entrañas mismas del sitio y de la sociedad que le dio vida y a la que hoy representa. Nueva marca en el territorio, se define sin opacarlo, encarnando las deseadas transformaciones que la arquitectura es capaz de producir, permeable tanto a figuras del pasado histórico como a las visuales lejanas del paisaje montañoso que rodea la ciudad y que es parte del espíritu paisa.
Plaza de la Luz. La idea surge de las bases mismas del concurso al que se convocó para intervenir tan significativo sector de la ciudad. Descartar lo obvio. Imaginar la luz primera. Construir para el día. La luz en la naturaleza, sin energía eléctrica, luz esencial. Concepto disparador, guía en el proceso proyectual, elemento distintivo que en su originalidad poético-constructiva convirtió a la propuesta en ganadora.
Peláez no imagina espacios, imagina situaciones. Relaciones posibles, conductas, atmósferas. Se vale de recuerdos y referencias comunes; los explicita y los pone a disposición de todos. Con el fin de la representación, los materiales con los que se mueve la arquitectura ya no son los mismos ni el espacio se define de la misma manera. La selección de elementos casuales y cotidianos, la abstracción y la síntesis, sumados al refinamiento y sofisticación de las soluciones técnicas son los recursos de los que se vale el autor. Evocación, alusión y reflejos; efectos de multiplicación y repetición mediante, la obra se define como no-espacio, como no-arquitectura. Su sutil trabajo sobre la luz y la materia se potencia en su asociación para esta obra con su padre, el reconocido artista Luis Fernando Peláez, concibiendo una intervención a mitad de camino entre la escultura y la arquitectura. La dualidad parece ser el hilo conductor que vincula los distintos recursos que se manejan en esta obra, quedando el margen de libertad en poder del visitante. El sitio es tabula rasa. En directa referencia al antiguo mercado y con la absoluta convicción de la necesidad de rescatar el perímetro como anclaje al contexto, a partir de un volumen completo comienza un ejercicio de sustracción. Las intenciones proyectuales tenían que ver con una plaza permeable a la ciudad
que existe alrededor y donde la permanencia fuera posible. Trascender lo conocido para re-significar, disparar nuevas asociaciones, adueñarse de estos espacios públicos que son de todos y de cada uno. Ser símbolo y refugio.

JUAN MANUEL PELÁEZ FREÍDEL (ARQUITECTO),
LUIS FERNANDO PELÁEZ (ARTISTA)
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PLAZA DE CISNEROS
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COLABORADORES: Rafael Vélez, Juan Esteban Arteaga,
Carlos Pérez, Juan Pablo Perea, Maria Andrea Díaz,
Leonardo Bohórquez Lara, arqs. Ingrid Barragán,
Carlos Álvarez, Alba Lucia Camacho.
ASESORES: Paisajistas, Mesa y Uribe paisajistas;
Estructuras, JAR Ingeniería Jaime Aristizabal, ing;
Asoleamiento, Jorge Hernán Salazar, Alexander González,
Ader García, arqs.
UBICACIÓN: Medellín, Colombia.
SUPERFICIE: 16000 m2
NUMERO DE TORRES: 300 de 22 m de altura
AÑO: 2003-5